Tablas, telón, mucha mierda y acción.
Teatro, teatro… cuanto no me enseñaste. En mi colegio habían clases de teatro, un grupo llamado “Teatro fantomas”, recuerdo que el primer día que fui estaba en octavo grado, fue un dos de febrero, justo el día en que cumplía años; “Gabo” (así es como le decíamos de cariño al profesor), hizo que formáramos un circulo y que los muchachos y muchachas que llevaban ya tiempo en clases teatrales nos hicieran preguntas del por qué queríamos entrar a teatro; la mayoría de ellos estaban en once grado, Yo los veía a ellos grandotes y al igual que sus preguntas, me intimidaban. Lo gracioso de la situación es que siempre había sido una niña muy tímida, penosa… y no sabía por qué razón quería ser parte del grupo “Teatro Fantomas”, no sabía que responder a sus preguntas, - supongo que alguna vez en mi vida pensé en ser actriz, cuando veía las novelas junto con mi madre en la televisión; casi siempre al llegar del colegio me sentaba en la sala con ella y me gustaba arremedar los gestos que hacían ja, ja, ja… esas novelas mexicanas, bien exagerados los gestos- creo que siempre me he sabido expresar mejor de manera escrita que oral y en ese momento no fue la excepción, lo digo porque mientras escribía me di cuenta cual era la razón, pero ese dos de febrero, bueno…
Al mes de haber entrado
a teatro, mi madre me decía que estaba muy rebelde, y ella no estaba equivocada;
aunque creo que más que eso, estaba disfrutando de la adolescencia, buscando mi
propia identidad -me pinté totalmente el cabello de color rosado, mi cabeza parecía
un algodón de azúcar, y me dejé perforar la comisura de mis labios por un amigo
en las bancas del colegio a la hora del descanso. No, no dolió, sólo había
sangre y emoción, el ¡dolor fue a la mañana siguiente!- las clases de teatro
influyeron mucho en esa búsqueda de mi identidad, cuando nos tocaba improvisar
teníamos que echar a volar la imaginación y olvidar que en ese momento era
Alejandra, sentirme, conectarme con el papel que realizaba en escena y
apropiarme de él, esto implicaba no estar nerviosa y lograr mitigar la timidez,
–era muy difícil, Gabo me decía “otra vez, de nuevo, desde el comienzo, etc…” ,
todo esto con el fin de que la obra (a pesar de ser todavía unos estudiantes)
pareciera de actores profesionales.- recuerdo que siempre antes de salir a
escena, me daban muchas ganas de orinar, y cuando terminábamos salía corriendo
al baño porque “ya se me sale” y mientras posaba mis nalgas en la tasa del
inodoro, sentía por todo mi cuerpo recorrer esa satisfacción del haber dado
todo de mí hasta el final de la obra, esa satisfacción de haber culminado u
obtenido algo que te lo has sudado.
Si por mí fuera,
seguiría en el grupo “Teatro Fantomas”, un amigo y compañero de teatro me decía
“Aleja, yo sé que así tu estudies economía, algún día te va a ser falta el
teatro y de pronto te decidas a estudiarlo”, Tal vez llegue a suceder o tal vez
no, sólo el tiempo lo dirá; lo único que yo sé, es que todas las personas
deberían por lo menos en un lazo de sus vidas practicar teatro, así no sea como
algo profesional, o como trabajo, puede ser tan sólo por hobbie. El teatro te
aporta mucho, ayuda a conectarte con tus seres internos y a la vez a ponerte en
los zapatos de otros; el momento de Salir a escena es indescriptible, hay que
vivirlo para sentirlo y escuchar las manos del público, -derecha e izquierda
juntarse con fuerza y simultaneidad- como el “diluvio” de la noche pasada sobre
las tejas de mi casa y el arrullo de mi cama.
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